Dos presos en celdas contiguas tratan de pasarse por las rejas de la ventana una guirnalda de flores, mientras un carcelero observa sus movimientos. No logran intercambiar el objeto, por lo que la frustración les lleva al onanismo retorcido, plagado de danzas, caricias, y gestos anhelantes. Masturbarse a través de un minúsculo agujero practicado en el muro que separa sus celdas es un sensual intercambio de humo, y junto a los golpes a puño cerrado en el muro se comunican, siempre observados por el carcelero, en el que acaban por surgir unos celos descarnados que le llevan a acosar a uno de ellos, incluso utilizando su arma reglamentaria en una dramática escena que roza el sadismo.

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