Con "La aventura" (1960), "La noche" (1961) y "El eclipse" (1962), Antonioni se despega por completo del neorrealismo. Escapa del entorno de escasez que solían mostrar Vittorio de Sica ("Ladrón de bicicletas" o "Umberto D.") o Roberto Rossellini ("Roma, ciudad abierta", "Paisá", "Alemania, año cero"). De alguna manera, completa las intenciones de Federico Fellini en películas como "Los inútiles" y específicamente "La dolce vita", donde se percibe un vacío existencial cada vez más grande.
Antonioni nunca se alejó de su objetivo. No le interesaba retratar el bullicio o lo popular. Lo suyo era algo mucho más sutil y sensible. Cada uno de sus planos lo confirma. Su mirada está puesta en los silencios, en los objetos, en las risas y los besos, en las miradas y los abrazos, en la música y en la quietud. Todos esos elementos que por separado parecen un cliché y que, juntos, componen un cuadro hermoso y perfecto. Y, a todo esto, Monica Vitti como diosa de la trílogia.




